lunes, 20 de julio de 2009

'Cosas que nunca te dije', de Isabel Coixet

ENRIQUE MONTAÑEZ

No es novedad afirmar que la cartelera cinematográfica nacional cede poco espacio de difusión a películas propositivas y de calidad. Dominada por la producción de Hollywood, en su mayoría prescindible y altamente deleznable, la oferta de cine en México en contadísimas ocasiones filtra cintas de autor o le da seguimiento a la obra de cineastas que en otras latitudes sí son difundidos y, por ende, respetados.

La filmografía de Isabel Coixet (Barcelona, España, 1962) ha sido desatendida por los dueños de las cadenas de cine en nuestro país e, incluso, despreciada por ciertos críticos de cine advenedizos. Sólo dos de sus películas se han exhibido comercialmente, Mi vida sin mí (2003) y La vida secreta de las palabras (2005), y esto con absoluto desdén: fueron programadas en dos o tres salas, en horarios poco accesibles y con sólo una semana de corrida.

La Cineteca Nacional, cumpliendo con su cometido fundacional y siempre un oasis entre la aridez de nuestra cartelera diaria, proyectó hace poco el filme de Coixet, antecesor a esa especie de saga conformada por las dos cintas mencionadas, protagonizada por Sarah Polley. Me refiero a Cosas que nunca te dije (1995), historia original de la directora española, como lo son todas sus películas, estelarizada por Lili Taylor, Andrew McCarthy y Alexis Arquette, y considerada la que cimienta las bases de su obra posterior.

La filmografía de Coixet se singulariza por el tratamiento maduro y sin cortapisas sensibleras de temas como el enfrentamiento con la muerte (tras el anuncio de una enfermedad terminal a una joven madre de dos hijas en “Mi vida sin mí”), la agresión sexual y sus consecuencias psicológicas (horrores sufridos por la protagonista de “La vida secreta de las palabras” producto de la guerra de los Balcanes), la soledad, la alienación social y el amor puro, que se instaura como una de las vías para la salvación existencial terrena. 

Otras características a destacar son el gusto de la cineasta barcelonesa para seleccionar la diversidad de géneros y temas musicales para acompañar, en el momento preciso, su lenguaje cinematográfico sincero y emotivo, y la solvencia literaria de sus guiones, capaces de involucrar sentimentalmente al máximo a los espectadores, quienes empáticos o no con las tesis narrativo-fílmicas de Isabel Coixet, nunca terminan defraudados. 

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