jueves 1 de octubre de 2009

El expreso de medianoche


JAVIER PÉREZ


La profundidad psicológica de sus personajes es un sello en la filmografía de Brad Anderson, un tipo que, por ejemplo, logró convertir una película aparentemente anodina como Nex stop wonderland (1998) en una atrayente comedia romántica con personajes entrañables, y sorprendió con El maquinista (2004) y su manejo del protagonista (un Christian Bale irreconocible). Ahora, tras explorar en la dirección de algunos capítulos de diversas series televisivas, Anderson entrega en El expreso de medianoche (Transsiberian; RU-Alemania-España-Lituania, 2008) una historia de suspenso hitchcockiano (que escribió junto con Will Conroy) enmarcada por corruptelas policiacas hermanadas con el crimen organizado, un paisaje inhóspito en la estepa siberiana y un delincuente mañoso tratando de escapar con un botín multimillonario.


Siguiendo una fórmula básica, el filme de Anderson tarda 45 minutos en tomar forma, aunque lo hace con un giro en la trama que se sacude la previsibilidad elemental con la que comienza y consigue dotar de cierta profundidad a sus personajes. Y es que desde la primera secuencia, cuando el detective Grinko (Ben Kingsley) aparece en la escena de un crimen, todo parece ir conforme a los cánones: es evidente que Grinko responde a intereses externos a los policiales y que el bonachón Roy (Woody Harrelson, metidísimo en su papel) y su esposa Jessie (la guapa Emily Mortimer con cara de mortificada), a punto de abordar el expreso transiberiano que le da su título original a la cinta, que los llevará de China a Moscú (casi como meterse a un panteón en una película de zombis), serán los seres humanos comunes inmersos en una situación extraordinaria.


Y más cuando comparten su camarote, por iniciativa de Roy, con Carlos (Eduardo Noriega, en papel de machín) y Abby (Kate Mara), quienes, otra vez evidentemente, ocultan algo. La drogadicta redimida Jessie (y fotógrafa aficionada) detecta las actitudes delincuenciales, aunque por eso mismo se siente atraída por él y siente compasión por ella. Jessie se entera de qué trata el negocio cuando tiene que bajar del convoy y esperar a su marido en compañía de Carlos y Abby debido a que su marido parece haber perdido el tren en una parada: la sensación de desasosiego que ella experimenta es bien delineada por Anderson, quien ha puesto todos los elementos de suspenso para que así sea. Mientras tanto, Jessie tiene un altercado con Carlos cuando hace un viaje en autobús en la espera del siguiente tren, lo que la hace guardar un secreto atroz que se complica hasta el extremo de poner en juego sus vidas cuando su marido llega acompañado del corrupto detective antinarcóticos Grinko, quien lleva el sartén por el mango.

 

Aunque ha dado un paso atrás en su filmografía, Anderson logra atmósferas intrigantes y secuencias de acción que, sin destacar por sus efectos, consiguen su objetivo. Otra vez Rusia, un lugar donde la gente muere -dice algún personaje-, aparece como lugar de corruptelas y abusos.



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