miércoles 15 de julio de 2009

'Déjame entrar', exégesis meritoria del vampirismo

ENRIQUE MONTAÑEZ

En muy contadas ocasiones la cartelera cinematográfica de nuestro país ofrece productos de calidad. Éste es el caso de Déjame entrar, película dirigida por Tomas Alfredson, que tuvo una breve exhibición en cines comerciales, pero que la Cineteca Nacional acertadamente sigue proyectándola. La cinta sueca puede aducirse como una oposición inteligente y altamente emotiva a ese inmundo pastiche llamado Crepúsculo (me refiero tanto a la novela como a su adaptación fílmica. Desconozco cuál sea peor), que tanto éxito tiene actualmente entre lectores ocasionales, nada críticos, adolescentes y algunos adultos.

 Déjame entrar es una exégesis meritoria, propositiva y hasta cierto punto innovadora del tema vampírico, no una mezcolanza con ingredientes ya vistos o leídos hasta el hartazgo sobre el asunto, como lo es la "obra literaria" de Stephenie Meyer. La película sorprende por la inocencia de realidad que la permea, pese a la presencia de cuestiones monstruosas en el entorno. Es una sinfonía dulce con interrupciones de repuntes dramáticos terribles, a la que el espectador jamás es inmune. Otro de sus valores es la mesura artesanal con la que la filmó Alfredson, jamás intenta que el trabajo de la cámara, aunque siempre preciso, se sobreponga a la intencionalidad de la trama.  

Los niños protagonistas encarnan una visión no maniquea del bien y del mal, recurrente en las representaciones del vampirismo. Oskar es la inocencia y el candor propios de un espíritu aún no profanado; la belleza del ser en su estado puro, aunque por momentos irremediablemente seducido por lo oscuro de la naturaleza humana. Eli es la "niña" vampiro, actuada inquietantemente por Lina Leanderson, sobre quien, por consecuencia, recae el sino de la malignidad, que jamás sabemos si fue adquirido por libre albedrío o por una tragedia consustancial.

En Déjame entrar atestiguamos una coexistencia pacífica entre el bien y el mal, una especie de armisticio fraguado por el inexplicable poder de la infancia para nulificar toda beligerancia entre valores o para andar por el mundo sin prejuicios o anatemas todavía no inoculados. La belleza y lo horrible, lo celestial y lo infernal, lo puro y lo impuro: intangible división entre uno y otro; margen que, de acuerdo con la posible tesis de la labor cinemática de Alfredson, es dilatado por la corrupción de la yoidad adulta.

Oskar y Eli se complementan. El yin y el yang natural que estructura esta relación de amor-necesidad-protección entre ellos subvierte toda consideración moral o religiosa que se tenga acerca de la polaridad entre bien y mal. El viaje que ambos niños emprenden juntos es una búsqueda metafórica del edén, pero de ese paraíso en donde es factible comer con glotonería del árbol de la vida, por la simple, y a la vez grandiosa, potestad de la infancia.               

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