
En muy contadas ocasiones la cartelera cinematográfica de nuestro país ofrece productos de calidad. Éste es el caso de Déjame entrar, película dirigida por Tomas Alfredson, que tuvo una breve exhibición en cines comerciales, pero que la Cineteca Nacional acertadamente sigue proyectándola. La cinta sueca puede aducirse como una oposición inteligente y altamente emotiva a ese inmundo pastiche llamado Crepúsculo (me refiero tanto a la novela como a su adaptación fílmica. Desconozco cuál sea peor), que tanto éxito tiene actualmente entre lectores ocasionales, nada críticos, adolescentes y algunos adultos.
En Déjame entrar atestiguamos una coexistencia pacífica entre el bien y el mal, una especie de armisticio fraguado por el inexplicable poder de la infancia para nulificar toda beligerancia entre valores o para andar por el mundo sin prejuicios o anatemas todavía no inoculados. La belleza y lo horrible, lo celestial y lo infernal, lo puro y lo impuro: intangible división entre uno y otro; margen que, de acuerdo con la posible tesis de la labor cinemática de Alfredson, es dilatado por la corrupción de la yoidad adulta.
Oskar y Eli se complementan. El yin y el yang natural que estructura esta relación de amor-necesidad-protección entre ellos subvierte toda consideración moral o religiosa que se tenga acerca de la polaridad entre bien y mal. El viaje que ambos niños emprenden juntos es una búsqueda metafórica del edén, pero de ese paraíso en donde es factible comer con glotonería del árbol de la vida, por la simple, y a la vez grandiosa, potestad de la infancia.
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